Los orígenes del 'desastre' de 1898

   La Cuestión de Cuba

por Javier Rubio

Introducción


 

A la memoria del reducido, pero no insignificante, sector de españoles egregios que, cuando aún era tiempo, vieron lúcidamente la necesidad de adoptar una política cubana que evitase un desastroso desenlace, como el que finalmente tuvo lugar. Y, singularmente, a la de Juan Prim y Arsenio Martínez Campos, los dos Presidentes del Gobierno español que mostraron tener una visión de auténticos estadistas en este complejo y difícil reto histórico.

En la historia de España de la época contemporánea, en general, y de un modo muy especial en la de su política exterior, que es el gran empeño historiográfico que hemos iniciado hace más de una década, no ha habido un acontecimiento de más hondo y duradero impacto que el 98, abreviada y estereotipada denominación del final, con todas sus implicaciones, de la cuadrisecular presencia española en América. No creemos aventurado afirmar que buena parte de nuestra historia del siglo XX, no puede entenderse adecuadamente sin tomar en consideración la profunda incidencia que tal acontecimiento produjo sobre la vida política, económica y cultural de la sociedad española. Ni, tampoco, nos parece arriesgado sostener que el ingrediente específico que dio a el 98 su más honda incidencia revulsiva, no fue tanto la pérdida de los últimos restos del imperio colonial, como la forma en la que tuvo lugar, como complemento y balance de la desastrosa -el desastre, otro estereotipo- confrontación bélica de 1898 con los Estados Unidos.

Ahora bien, si sobre las consecuencias de el 98 se ha reflexionado en España no poco durante largos decenios, habiendo dado lugar a una abundante y brillante literatura, no puede decirse lo mismo respecto a su principal ingrediente específico, a la Guerra Hispano-Norteamericana de 1898. Parece como si la humillación producida por tan contundente y costosa derrota, hubiera desviado subconscientemente la atención de nuestros historiadores hacia otros derroteros menos amargos, lo que, en la época que ahora estudiamos, señalaba ya agudamente Cánovas, como historiador, en relación con el efecto que había producido la pérdida de Portugal para la corona española en nuestra historiografía. Pues la realidad es que la Guerra de 1898 no ha venido recibiendo en los historiadores españoles la atención, la investigación, a la que le hace acreedora su gran impacto en la España contemporánea.

Afortunadamente en los últimos tiempos, ante la proximidad del centenario de el desastre, han empezado a darse a conocer importantes proyectos de investigación a este respecto por relevantes centros de estudio españoles. En unos casos, en torno al interesante, y mal conocido entre nosotros, marco internacional en el que tuvo lugar la confrontación hispano-norteamericana de 1898, proyecto del que ya ha visto la luz algún valioso trabajo, con independencia de una notable obra que se ha publicado, también muy recientemente, en esta Biblioteca Diplomática Española. Y, en otros casos, en torno a los principales factores, nacionales e internacionales que, en la década de 1890, condujeron a la crisis de el 98. Proyectos todos ellos necesarios y bienvenidos que, sin duda, habrán de ser altamente clarificadores de esa dramática página de nuestra historia de fines del pasado siglo.

Sin embargo siguen estado excesivamente difuminados, y al parecer marginados de los actuales proyectos de investigación, los orígenes de el desastre, entendidos no como las causas inmediatas que llevan a la crisis de la primavera de 1898, incluyendo en ellas la situación en los años anteriores de la última década del siglo pasado, sino concebidos como las causas profundas que llevan al desaprovechamiento de las grandes oportunidades históricas, de dos o tres decenios antes, que habrían permitido encontrar una salida pacífica al problema cubano; problema que, en cambio, se encamina desde entonces, de modo prácticamente irreversible, hacia una confrontación progresivamente desestabilizadora tanto en la isla como en relación con los Estados Unidos.

Si a ello se añade que las otras dos partes directamente implicadas en el 98, Cuba y los Estados Unidos, han concedido una considerable atención al estudio de los orígenes y de la evolución de las raices de este conflicto. Y si, por otra parte, se tiene en cuenta que el tratamiento que se da a esta cuestión por los historiadores de estos dos paises es, con frecuencia, de gran interés y nivel de investigación, pero también -ya volveremos sobre ello- de notorio partidismo por prejuicios de carácter nacionalista, creemos que resulta justificado que un autor español aborde monográficamente el estudio de las circunstancias que concurrieron en la política internacional, y en la colonial, en torno a ese fundamental antecedente, para entender el desastroso final de 1895-1898,que fue la larga y complicada Guerra de Yara.

Estando ya muy próximo el centenario de el 98, parece incluso que a fines de siglo los años transcurren más rápidamente, creemos que la publicación de una obra como la presente es, además, oportuna. Pues puede complementar otros empeños investigadores que permitan aproximar la sociedad española a un mejor conocimiento de esa 'pavorosa cuestión' de Cuba, por emplear la terminología de la época, que tanta sangre y tanto dinero costó a España en el último tercio del siglo pasado y cuyo desgraciado desenlace, sobre el que parece obligado reflexionar en estos años, tanto ha pesado en buena parte de la centuria que ahora finaliza.

Precisamente el deseo de que este estudio no perdiera la obvia dimensión de oportunidad que le proporciona el ya próximo 1898, ha sido uno de los factores decisivos que nos ha hecho alterar ligeramente esta segunda fase del ambicioso proyecto historiográfico que habíamos emprendido hace años. Aclarémoslo muy brevemente.

Conforme indicábamos en nuestra obra España y la Guerra de 1870, la segunda parte de nuestro proyecto de historiar la política exterior de la España Contemporánea se referiría a la Restauración. Concretamente teníamos el proyecto de que esa segunda parte, que en principio habíamos previsto desarrollar en un solo volumen, abarcara el reinado de Alfonso XII.

El trabajo realizado desde entonces nos ha mostrado que dada la variedad y amplitud de las cuestiones que habían de contemplarse, y la gran escasez de serios estudios monográficos sobre esta temática, el cumplimiento del objetivo inicialmente fijado requería una tarea investigadora y expositiva de tal magnitud, que nos hizo recordar la situación del historiador británico Edward A. Freeman cuando le encargaron el pasado siglo escribir una historia de Sicilia, en un solo volumen, a lo que se dice respondió manifestando que estaba dispuesto a ello siempre que le dejasen publicar previamente esa historia en cuatro volúmenes, lo que hizo. Como en nuestro caso el esperar a la terminación de los -también- cuatro tomos que consideramos necesarios, creemos que resultaría imprudente, por el largo tiempo que precisaría, e inconveniente por el excesivo volumen que adquiriría una sola entrega editorial, nos hemos inclinado por la publicación, en volúmenes y momentos distintos, de los temas sustantivamente más relevantes de nuestro proyecto inicial; aun a sabiendas de los pequeños inconvenientes implicados en las ocasionales referencias cruzadas de unos estudios a otros que, durante algún tiempo, pueden afectar a volúmenes todavía no publicados.

En la actualidad están considerablemente avanzados los dos primeros volúmenes del reinado de Alfonso XII, que constituyen en esta nueva ordenación las partes II y III de nuestra Historia de la Política Exterior de España en la Época Contemporánea, ya que la parte I de la referida Historia es la obra, antes citada, sobre las interesantes y poco conocidas implicaciones de España en el origen de la Guerra Franco-Prusiana, que publicamos en 1989. Los dos volúmenes actualmente pendientes de terminación se refieren: el primero a la cuestión religiosa en su dimensión internacional, además de los temas más relevantes de dicha dimensión en los primeros momentos del reinado y, en especial, ( los reconocimientos de la monarquía restaurada; y el segundo a la guerra carlista, como punto de partida del examen de las relaciones con Francia y otros paises europeos. Es decir, ambos se inician con las dos cuestiones más acuciantes -que tenían una relevante componente internacional- que se vieron obligados a abordar los primeros gobiernos del joven monarca proclamado en Sagunto.)

Las lineas entre paréntesis propuse en las galeradas se reemplazaran por el siguiente texto: 'la guerra carlista; y el segundo volumen del reinado, en un estado de elaboración menos avanzado, se centra en las relaciones con las potencias europeas que en mayor medida incidían en la política exterior española'.

Solo el tercer volumen del reinado, es decir la parte IV de nuestra Historia de la Política Exterior, es el dedicado al problema cubano que, sin embargo, precede ahora en su publicación a los otros dos, por las razones que hemos apuntado anteriormente. Mientras que el cuarto y último volumen del reinado, aún no iniciado, comprenderá la política africana, incluida la del Mar Rojo, así como la colonial de Extremo Oriente.

Alcance y contenido de la obra

Sobre el contenido de la presente obra haremos ahora unas breves consideraciones. Pero antes, en primer lugar, nos referiremos muy sucintamente a su alcance cronológico.

Conforme al plan general de trabajo que se acaba de esbozar, y que se ratifica con el título de este volumen, el lapso en el que contemplamos el problema cubano es el largo decenio del reinado de Alfonso XII; limitación en el tiempo que no parece compadecerse con el objetivo antes referido de emprender, con amplitud y profundidad, el estudio de los orígenes de el 98. Sin embargo, y con independencia de la inclusión de relevantes antecedentes previos al referido reinado, que justificaremos muy pronto, creemos, y ello es una de las principales conclusiones de esta obra, que dicho reinado, y muy especialmente el primer sexenio conservador 1875-1881, representa el momento crucial para entender los acontecimientos de fin de siglo en sus dos dimensiones fundamentales. En la internacional, primeramente, por cuanto la mal conocida y/o valorada ofensiva diplomática norteamericana del otoño de 1875 es un precedente esencial de la actitud que habrían de adoptar los Estados Unidos, en relación con Cuba, dos decenios más tarde. Y también en la dimensión interna, en la colonial, por cuanto la terminación de la dilatada Guerra de Yara en 1878, habría de proporcionar a los gobiernos de la Restauración de aquellos años, la mejor oportunidad, en verdad una ocasión de coordenadas políticas irrepetibles, para resolver pacíficamente el difícil y enojoso problema cubano.

Son, decimos, los años de la primera mitad del reinado los verdaderamente cruciales en la evolución del conflicto cubano. Años que al ser desaprovechados por los gobiernos de entonces, dejaron casi sentenciado el contencioso a su desastroso final, por lo que sobre ellos recaerá preferentemente nuestra atención que incluirá, lógicamente, el examen de las circunstancias que incidieron en que dichos gobiernos adoptaran una u otra política cubana, e incluso el de las que motivaron que alguno de ellos no pudiera llevar a cabo la que se proponía. Con este enfoque la figura del general Martínez Campos, que habitualmente es contemplada en la cuestión de Cuba solo en su dimensión militar, en relación con su campaña pacificadora, adquirirá un especial relieve político, e histórico, en su complicado y abreviado mandato al frente del Gobierno español en 1979. Claro está que el personaje cuya política cubana se examina con mayor atención y detalle, es el que por su extraordinario peso político en estos años, y por la trascendencia de sus decisiones, estuviese o no en la presidencia del Consejo de Ministros, ocupa constantemente el primer plano en la cuestión antillana. Ni que decirse tiene que nos referimos a Cánovas del Castillo.

La actuación de Cánovas está inevitablemente presente a lo largo de nuestra obra desde que se inicia en la Segunda Parte el examen del problema cubano durante el reinado de Alfonso XII. Pero, además, al análisis de su política cubana contemplada a la luz de las circunstancias de política internacional y de política interior de la época, se consagra el largo capítulo final, el XIV. Un análisis complicado y comprometido que, sin embargo, creemos no podía aplazarse ya más en nuestra historiografía; sobre todo habida cuenta que, hasta ahora, solo había sido abordado seriamente, aunque no siempre con acierto, por autores extranjeros: cubanos y norteamericanos.

Al iniciar el capítulo últimamente citado expondremos los cuatro órdenes de consideraciones que abonan el tratamiento tan circunstanciado que hacemos de la política de Cánovas en el problema cubano. No vamos ahora a repetirlos. Solamente haremos una pequeña puntualización, en el sentido de que si el balance final de la política cubana de Cánovas es objeto de una valoración global negativa, ello no es consecuencia de que pretendamos 'compensar' los juicios favorables que en otros momentos formulamos -y en especial en el primer volumen dedicado a este reinado- del gran político de la Restauración, sino tan solo el resultado de evaluar su actuación a la luz de los datos objetivos que han llegado a nuestro conocimiento.

Aclaración superflua, pensarán algunos. Sin embargo hemos creído oportuno hacerla, pues aunque quizá parecerá increíble a historiadores de futuras generaciones, nuestra clase intelectual en esta Segunda Restauración está tan impregnada de prejuicios ideológicos, es tan incapaz de asumir con serenidad y sin anacronismos psicológicos -ese pecado capital del historiador, según Lucien Febvre- su pasado histórico, que hasta el enjuiciamiento favorable de un personaje histórico de hace un siglo, de las connotaciones conservadoras de Cánovas, puede resultar enojoso para el que lo formula; por lo que hay distinguidos historiadores que sin atreverse a silenciar, lo que algunos hacen sin embargo sin vacilar, las relevantes cualidades positivas del referido gobernante, se creen cuando menos obligados a atenuar, con alguna apreciación negativa, la irritación que en influyentes sectores de lectores puede producir el reconocimiento de las primeras. Y, ciertamente, no es este nuestro caso. Como recordamos hace años, con ocasión de la presentación de España y la Guerra de 1870, hemos puesto siempre un especial cuidado en escribir en función de la verdad histórica tal como se nos ha presentado en el contexto del estado de la cuestión en la propia época que se examina. No en función de las circunstancias y de las mediatizaciones imperantes en el momento en el que escribimos.

La estructura de esta obra se articula en tres partes. La segunda, De Sagunto a Zanjón, que comprende los capítulos VII al X, se refiere al examen de la cuestión cubana durante los tres primeros años de la Restauración, concretamente -como indica su título- desde que se inicia el reinado hasta la pacificación de 1878. No vamos a justificar ahora su articulación en los cuatro capítulos citados, pues ello se hace al principio de dicha Segunda Parte, como también lo hacemos en las otras dos. Si señalaremos, en cambio, que el centro de gravedad de esta Segunda Parte lo constituye la dimensión internacional del problema de Cuba en dicho lapso, dimensión que en nuestra obra tiene siempre singular importancia, y que es predominante también en la Primera Parte, a la que en seguida nos referiremos.

En la Tercera Parte, Cuba, un volcán defectuosamente apagado, se expone la situación del problema antillano en los casi ocho años restantes del reinado que nos ocupa,si bien la atención se centra muy acusadamente en los años subsiguientes a Zanjón que son, como destacamos en el propio título del capítulo XII, los que ofrecen la gran oportunidad de conseguir una pacificación estable, sentando las bases para una resolución definitiva de carácter no traumático del problema cubano.

En esta Tercera Parte son las consideraciones relativas a la política interior, en su doble vertiente peninsular y colonial, las que dominan. Ya dijimos hace años, al iniciar nuestro estudio de la Política Exterior española, que no era posible hacer un análisis coherente ni una exposición comprensible de la misma sin tener en cuenta la estrecha conexión que tiene siempre, sobre todo en nuestro país, con la política interior. Esta íntima relación, o quizá mejor interrelación -cuya marginación en la obra de Jerónimo Becker constituye una de sus principales carencias- es especialmente patente, además, en la cuestión cubana, sobre todo a partir de la pacificación de Zanjón que hace pasar durante unos años a un segundo plano su dimensión internacional. El examen de la política antillana de los distintos gobiernos españoles nos ha exigido un considerable, y un tanto inesperado, esfuerzo suplementario, pues aunque suele considerarse insuficientemente investigada tan solo la política exterior de la Restauración, la realidad es que la política interior de la época que nos ocupa está aún lejos de hallarse satisfactoriamente clarificada; cuando menos en los aspectos más directamente vinculados con la cuestión antillana, como se mostrará cumplidamente en este volumen.

Junto a estas dos Partes, la Segunda y la Tercera, que constituyen cronológicamente el objetivo de la presente obra que, como ya se ha dicho, concierne al reinado de Alfonso XII, se ha incluido también una Primera Parte, con seis capítulos, que se refiere al periodo anterior 1868-1874. Expliquemos brevemente esta ampliación del lapso contemplado.

Que en todo estudio de carácter histórico ha de hacerse alguna referencia a la situación anterior, en general, y a la del tema estudiado, en particular, durante la época inmediatamente precedente a la que se empieza a examinar, no creemos que precise de justificación. De hecho en las anteriores obras de nuestro empeño historiográfico así lo hemos hecho, o lo venimos haciendo. Sin embargo ahora, en el estudio de la cuestión de Cuba, el examen que se hace de la situación precedente adquiere una extensión y una profundidad singulares, lo que se justifica cumplidamente en las Consideraciones previas que preceden al estudio de la Primera Parte.

Anticipemos en todo caso, desde ahora, que son tan importantes, tan llenos de enseñanzas, algunos de los acontecimientos que en torno a Cuba tienen lugar en el interregno 1868-1874, esto es, en los seis primeros años de la Guerra de Yara, que, a nuestro juicio, sin hacer una exposición razonablemente fundamentada de los mismos no es posible entender, ni menos aún intentar evaluar, la política cubana de los gobiernos de la Restauración, tanto en su dimensión internacional como en la colonial. En verdad la insurrección de Yara constituye la auténtica frontera natural, por emplear la terminología de Arnold J. Toynbee, a la que inevitablemente debe retrotraerse el estudio de la confrontación final hispano-norteamericana en torno a la Gran Antilla. Por lo que resulta inexcusable ampliar de alguna manera el alcance de nuestro estudio -principalmente en su dimensión internacional- hasta los primeros tiempos del llamado Sexenio democrático.

A la hora de reflexionar sobre el trabajo realizado, sobre los retos asumidos y las respuestas dadas, hemos de reconocer con toda humildad que no pocos de los temas tratados ofrecen aspectos relevantes en los que hubiéramos deseado haber llegado a una mayor precisión, a un análisis más profundo y documentado del que hemos llevado a cabo. En buena medida ello no ha sido posible por no haber dispuesto de suficientes fuentes, especialmente primarias, documentales, cuestión a la que en seguida habremos de referirnos. Y también, en parte, por no haber tenido tiempo, ni equipo, para abordar la elaboración de un conjunto de trabajos monográficos previos, aún inexistentes, sobre los que en distintas ocasiones llamamos la atención y destacamos el interés de llevarlos a cabo. Además, en el importante lapso contemplado en la Primera Parte, el de los seis primeros años de la insurrección de Yara, el tratamiento es, por los motivos antes expuestos, más discontinuo y de menor calado investigador que el de los años correspondientes al reinado de Alfonso XII.

De todos modos, aun con estas evidentes limitaciones, el volumen que ahora presentamos no es -como en tantas ocasiones- una precipitada síntesis más del problema cubano, con la tópica y ciega apoyatura de las principales conclusiones, o datos, publicados por los historiadores más difundidos. Muy al contrario representa, o a lo menos así lo hemos intentado, la primera vez que un historiador español se ha adentrado con talante investigador, con sentido crítico, y con perspectiva histórica, en la tarea de dar una visión fundamentada y coherente de ese importantísimo antecedente de el 98 que suponen las relaciones entre España, los Estados Unidos y Cuba durante la Guerra de Yara, la de 1868-1878. y los años subsiguientes. De hecho, la pormenorizada revisión que se hace en esta obra de las cuestiones más sobresalientes de la amplia temática contemplada en la misma, carece de precedentes en la historiografía española del presente siglo.

El problema de las fuentes

La cuestión de las fuentes, siempre primordial en todo estudio de carácter histórico, presenta en la historiografía española -nos referimos implícitamente a la época que nos ocupa- unas aristas que suelen silenciarse y que, sin embargo, han de ser sacadas a la luz si pretendemos que en el futuro vayan desapareciendo. En esta delicada, pero insoslayable tarea centramos ahora nuestra atención.

Ciertamente no revelamos nada nuevo si destacamos el extraordinario interés de las fuentes primarias inéditas. La investigación en archivos públicos y privados que contienen documentación de la época, resulta con frecuencia indispensable para ir más allá en el análisis histórico, para rectificar no pocos falsos estereotipos, o simplemente para aclarar puntos oscuros o dudosos. En la Parte I de nuestra Historia de la Política Exterior hemos mostrado la gran importancia, e infrecuente uso entre nosotros, de esta clase de investigación. Importancia que se ha tenido muy presente en esta obra, para la que hemos consultado los archivos diplomáticos franceses e ingleses -de especial interés los últimos- entre otras razones porque permiten formar una visión más imparcial del estado de la isla y de los resultados de la política colonial española, que las que se derivan de las historiografías de los estados directamente implicados, Estados Unidos, Cuba y España. También hemos investigado en los fondos documentales del antiguo ministerio de Estado, además de los de otros archivos españoles, como el de Palacio Real y el de la Real Academia de la Historia. Documentación -reproducimos en el apéndice las piezas más importantes- que nos ha permitido hacer algunas aclaraciones y puntualizaciones de interés. Señalemos, en todo caso, que los dos archivos españoles últimamente citados apenas tienen fondos documentales de algún relieve sobre el objeto de nuestro estudio, y que los del antiguo ministerio de Estado resultan relativamente decepcionantes, como tendremos ocasión de demostrar.

Por otra parte no nos ha sido posible desplazarnos a Washington para visitar los archivos del departamento de Estado norteamericano; si bien la carencia de esta fundamental fuente primaria ha podido ser subsanada, en buena parte, por el manejo de las colecciones documentales publicadas por el Gobierno norteamericano a las que en seguida nos referiremos.

De todos modos, sin perjuicio de que en futuras obras volvamos sobre la importancia de la investigación de las fuentes primarias inéditas, y sobre las serias consecuencias que para nuestra historiografía tiene el escaso uso que suele hacerse de ellas, vamos ahora a centrar nuestra atención sobre las fuentes publicadas. Una dimensión metodológica aparentemente mucho más trillada e irrelevante, desde un punto de vista académico, que el de las fuentes primarias inéditas y que, sin embargo, tiene notable interés, tanto en sí misma como en función de su proyección en el singular coso historiográfico español.

Recordemos, en primer lugar, que aunque con frecuencia se han identificado las fuentes impresas con las obras de los historiadores, es decir con fuentes secundarias, hay tres clases de publicaciones que son verdaderas fuentes primarias. Las colecciones documentales oficialmente publicadas por la autoridad competente o por entidad científicamente responsable, de una parte, los diarios de sesiones de las Cortes, de otra. Y, finalmente, los folletos y publicaciones varias de la época, singularmente los periódicos: en primer lugar la Gaceta de Madrid y el frecuentemente olvidado pero indispensable Boletín Oficial del Ministerio de Ultramar para las disposiciones oficiales españolas; y los órganos de prensa en general, y en especial los de Madrid, para conocer el estado de la opinión pública, de la que son calificados portavoces.

En la presente obra, y nos referimos ahora principalmente al núcleo esencial de la misma, es decir al reinado de Alfonso XII, hemos hecho un esfuerzo especial por consultar estos tres cauces fontales. Las colecciones documentales, ante todo, a través de dos clases de publicaciones: la que realiza anualmente el departamento de Estado de Washington con el título 'Papers relating to the Foreign Relations of the United States transmitted to Congress', y las que publica el propio Congreso norteamericano a consecuencia de las peticiones específicas de información que hace al presidente de los Estados Unidos. Publicaciones estas últimas que relacionamos con detalle en el apéndice dedicado a las fuentes, pero de la que deseamos ahora destacar, por su interés, la titulada 'Correspondence of the Department of State between November 5, 1875, and the date of the pacification of Cuba in 1878, relating to the subject of mediation or intervention by the United States in the affairs if the island', correspondencia oficial presentada en el Senado norteamericano el 15 de abril de 1896, esto es, cabalmente en vísperas de la confrontación final hispano-norteamericana.

En cuanto a los debates parlamentarios de las Cortes españolas se ha hecho una cuidadosa lectura de los debates sobre Cuba tanto del Congreso como del Senado, si bien la lectura, y por lo tanto las citas, no se han hecho de los diarios de sesiones propiamente dichos, sino de los extractos oficiales de las mismas que, como ya se señaló por una de las revistas más respetadas de aquellos años, son el reflejo más directo y auténtico del desarrollo de la sesión parlamentaria.

Por último, respecto a la prensa, independientemente de haber consultado de forma ocasional, por alguna razón concreta, algunos de los más importantes diarios y revistas españolas y extranjeras -entre ellos con mayor intensidad Le Temps de Paris y The Times de Londres- hemos examinado sistemáticamente la colección del diario de Madrid La Época; diario cuyo especial interés para los estudios de la política internacional del reinado de Alfonso XII justificamos en el último capítulo .

La utilización de estas fuentes primarias impresas no deja de presentar dificultades e incluso riesgos. Por una parte, la consulta sistemática de la prensa de la época, aun limitada a alguno de los periódicos más representativos, es una tarea que exige considerable tiempo y empeño, sobre todo en la prensa española, para la que no se ha hecho aún ningún índice de localización temática; utilísimo instrumento de trabajo del que disponen, desde hace largo tiempo, los paises más avanzados para sus principales diarios. Por otro lado la consulta de los debates parlamentarios españoles, independientemente de la paciencia que exige al lector de hoy, no acostumbrado a la infatigable retórica -ya famosa entonces en Europa- que inevitablemente les acompaña, requiere ser hecha con cautela, ya que las manifestaciones que se reflejan en ellos están condicionadas con frecuencia por la conciencia que, los que las hacen, tienen de su publicidad. Cautela que no ha de abandonarse, sino más bien acentuarse, en el manejo de las fuentes documentales publicadas por el departamento de Estado norteamericano, o por él enviadas al Congreso, dado que estas colecciones no dejan de estar afectadas de alguna manera por las limitaciones que imponen las propias fechas de publicación -en las que está aun vivo el problema cubano-, como se hace patente en los criterios selectivos utilizados por el referido Departamento para su reproducción, e incluso en el hecho de que ésta no se hace siempre del documento completo.

Aun con todas estas salvedades, la utilización de los tres cauces fontales citados resulta indispensable para abordar con seriedad el estudio de la cuestión cubana en la época que nos ocupa. Sobre el gran interés de la prensa y de los debates parlamentarios, de la primera no solo como insustituible termómetro de la opinión pública sino también como fuente -secundaria pero preciosa- de informaciones que resultan imposibles o muy difíciles de obtener por otros cauces, no creemos necesario insistir, pues es algo muy conocido y admitido por todos, aunque a menudo tal convicción no se traduzca en una coherente labor investigadora de estas, en general, accesibles fuentes. En cambio sobre la importancia de las colecciones documentales norteamericanas, nos vamos a detener un momento.

Es evidente que en todo estudio de un tema de carácter internacional, la consulta de las informaciones relativas a cada una de las partes ha de realizarse a través de sus propias fuentes, pues la consideración de las actitudes y de las decisiones de un país a través de los informes diplomáticos -o en su caso de las noticias de prensa- de otro, es inevitablemente incompleta y con alguna frecuencia engañosa. Por otra parte, en el análisis de la política exterior de un estado ha de tenerse en cuenta no solo la percepción de la misma desde el propio país, sino también la que tenían de ella las naciones de su entorno. Y cuando la cuestión internacional que se examina contiene un claro enfrentamiento entre dos estados, como es nuestro caso con España y los Estados Unidos en torno a Cuba, es obvio que no puede intentarse un juicio histórico sin oir, por decirlo así, a ambas partes; lo que, sin embargo, casi nunca se ha hecho,como muy pronto veremos.

Queda, pues, de manifiesto el carácter imperativo que en una obra como ésta tiene no solamente la consulta de las fuentes primarias españolas, sino también la de las norteamericanas y, por lo tanto, cuan preciosas son las colecciones documentales antes referidas. Unas series documentales a las que, infortunadamente, no podemos corresponder en España, como ha sido pertinentemente denunciado en algunas ocasiones, llegando a decir hace años un relevante historiador español que resultaba depresivo tener que acudir a colecciones documentales extranjeras para conocer determinados aspectos de nuestra política exterior. Sin embargo, hasta el presente -y lo decimos con la pequeña autoridad que nos confiere el haber incluido siempre amplios apéndices documentales en las obras de carácter histórico que venimos publicando desde los años setenta- apenas se ha hecho nada en España, ni por instituciones ni por historiadores, para suplir esa grave ausencia de series documentales relativas a nuestras relaciones internacionales en el pasado siglo, salvo en el caso de las singulares relaciones con la Santa Sede.

Respecto a las fuentes impresas de carácter secundario, esto es las que se recogen habitualmente en las notas o en los apéndices bibliográficos, no ignoramos las notorias diferencias de valor fontal que presentan, según la capacidad y la mayor o menor contemporaneidad de sus autores con los hechos historiados. De todos modos no hemos escatimado esfuerzos para consultar el mayor número posible de obras que tenían, o podían tener, interés para los temas examinados, bien fuere como fuente secundaria de informaciones no obtenibles por otros cauces, o como fuente primaria de interpretaciones o de análisis históricos de sus autores. En el Apéndice dedicado a las fuentes se hace una detallada identificación de las obras consultadas. A continuación haremos tan solo, y con la brevedad obligada, dos consideraciones de carácter general.

La primera se refiere a que aunque no hemos podido localizar todas las publicaciones que deseábamos, si creemos haber consultado las obras más importantes de las tres historiografías básicas en este tema: la norteamericana, la cubana y la española.

En la bibliografía norteamericana, de gran amplitud e interés, hemos tenido naturalmente en cuenta las obras que han devenido casi de obligada referencia en esta temática, por su notable fundamentación documental y/o por el interés de sus análisis, como ocurre con las de Latané, Chadwick, Nevins o Foner; así como otras menos difundidas, pero de gran interés en determinadas cuestiones como es la obra de Beck sobre el reinado de Alfonso XII, o las de Curtis y de Bradford sobre el apresamiento del Virginius, por citar ahora solo las más relevantes.

Pero, además, se han tenido en cuenta las principales tesis doctorales que sobre las relaciones de los Estados Unidos, España y Cuba han llegado a nuestro conocimiento, y que. a pesar de estar inéditas pueden asimilarse en cierta manera a las publicadas, por la fácil accesibilidad y racionalidad del sistema reprográfico norteamericano, que contrasta muy notablemente con las dificultades existentes en España para la consulta de tesis doctorales inéditas, una verdadera carrera de obstáculos, a menudo infranqueable. Entre las tesis norteamericanas ocupa un lugar especialmente destacado la de Parent, y entre las, también inéditas, de autores ingleses es de notable interés la de Bartlett .Trabajos todos ellos que no obstante la juventud de sus autores cuando los realizaron, suponen en conjunto un notable empeño de investigación y de análisis, independientemente de su interés informativo sobre el nivel de conocimientos que existía en sus paises respectivos en las épocas en las que fueron realizados.

En cuanto a la bibliografía cubana, cuyo interés ya destacamos al principio de la Introducción, se han tenido especialmente en cuenta las principales obras que examinan la Guerra de los Diez Años, entre las cuales la de Ramiro Guerra destaca con luz propia; y, naturalmente, las que contemplan la situación de la isla y de sus relaciones con España después de Zanjón, entre las que, ahora, la de Estévez ocupa también un destacado lugar. De todos modos habida cuenta de la fundamental dimensión internacional de nuestro estudio, se han considerado con especial atención las obras más relevantes desde dicho punto de vista. Este es concretamente el caso de las publicadas por Rodríguez, por Piñeyro o por Santovenia -los últimos autores con más de una- que, a nuestro juicio, constituyen una obligada referencia en esta clase de estudios. Referencia aun más indispensable cuando se trata de la Historia de Cuba en sus relaciones con los estados Unidos y España de Portell, obra verdaderamente monumental, cuyas grandes virtudes y defectos tendremos ocasión de resaltar en la nuestra.

En la bibliografía española, por último, no podíamos olvidar a los autores más o menos contemporáneos de los acontecimientos objeto de nuestro estudio que se refieren a la cuestión cubana. Los voluminosos Anales de la Guerra de Cuba de Pirala en primer lugar, ya que es la única obra de este grupo de autores que abarca en su plenitud el lapso histórico que contemplamos y que tiene, además, una notable apoyatura documental, aunque concede una escasa atención a la dimensión internacional del problema antillano. Angulo este último desde el que, en cambio, tiene un gran interés la excelente y mucho menos conocida obra de Sedano titulada Cuba. Estudios Políticos, a pesar de las limitaciones inherentes a su temprana fecha de publicación; y,también, desde un ángulo jurídico-político, los sólidos trabajos que publicó el pasado siglo el marqués de Olivart.

En cambio en el siglo XX, en el que podían esperarse estudios de gran calado investigador y de adecuada perspectiva histórica, no se cuenta -en relación con la dimensión internacional de la cuestión cubana- mas que con la conocida, añeja y limitada Historia de las Relaciones Exteriores de Becker; si bien sobre determinados aspectos concretos, que en nuestro caso afectan tan solo a la Primera Parte, la de antecedentes, hay algunos recientes trabajos de investigación muy valiosos, como el de Alvarez Gutiérrez sobre la política alemana en Cuba durante el Sexenio democrático y la tesis doctoral -publicada- de Martínez de las Heras sobre la situación del problema cubano durante el primer bienio del referido interregno democrático.

La segunda consideración general que creemos oportuno hacer en relación con las fuentes bibliográficas, se refiere al sentido crítico con el que se han manejado.

Aunque lo expuesto en los párrafos anteriores supone ya una primera valoración de una conjunto de obras especialmente relevantes en la temática estudiada, cuando a lo largo de esta obra se hace una referencia directa a las mismas -o a otras también de algún relieve- incluimos un brevísimo juicio crítico de ellas destacando los aspectos positivos, y en su caso negativos; juicio crítico que a veces se condensa en un adjetivo, o se deduce de un modo implícito pero inequívoco del contexto en el que se hace la referencia. Ni que decirse tiene que una dimensión crítica expuesta en forma tan sintética lleva consigo una serie de riesgos, entre los cuales la falta de matizaciones y una inevitable dosis de subjetivismo no son los menores, por no referirnos a otros riesgos de naturaleza extra-científica pero que, no por ello, son menos enojosos aquí y ahora. Sin embargo no hemos vacilado en incluir esta visión crítica de la bibliografía utilizada, en realidad en seguir incluyéndola -en nuestra obra sobre los orígenes de la Guerra de 1870 ya habíamos dado un consciente primer paso en este sentido- pues creemos que el historiador debe dar, sobre la materia objeto de su estudio, no solo la noticia de la existencia de obras que tratan con carácter más o menos monográfico determinados aspectos de la misma, sino también alguna indicación de la importancia, de la seriedad, de la utilidad de las que se citan.

En la producción historiográfica de todos los paises, con las matizaciones propias de su grado de desarrollo cultural, se publican trabajos que van desde los niveles de la excelencia a los de la mediocridad más lamentable, por lo que resulta de gran interés para el lector culto no especializado, o para el estudioso que inicia sus investigaciones en campos conexos, el disponer de alguna orientación sobre la valía de las obras cuya temática ha atraído su atención y que, por unas u otras razones, está dispuesto a leer o a consultar. Por ello creemos que debe ya empezarse a superar la referencia que se limita a dar noticia de la simple existencia de una obra con conexión más o menos directa con el tema que se expone, como es habitual en nuestra historiografía con el consabido vid. o véase la obra, o las obras, de tal o cual autor o autores. Un procedimiento referencial que es con frecuencia, por otra parte, gravemente injusto, pues supone presentar al lector a un mismo nivel de valía aparente obras que muchas veces la tienen muy dispar. Tan dispar que, algunas ocasiones, uno llega a preguntarse si el autor que hace tales citas se ha dignado leer las obras referenciadas.

Una historiografía parcial

Conforme adelantamos al principio de la Introducción, los historiadores de las dos partes americanas implicadas en esta temática, esto es los norteamericanos y los cubanos, han hecho estudios de gran valía, pero también de apreciable sesgo nacionalista.

Quede claro que si no nos referimos a la existencia de tal proclividad en la historiografía española, es no solamente por su ya apuntada insuficiente entidad, sino también, y sobre todo, porque si algún sesgo dominante presentan los historiadores de los últimos tiempos al tratar de esta temática es, por sorprendente que parezca, de signo antinacionalista. Notable singularidad fruto de un conjunto de circunstancias entre las que, desde nuestra óptica, destaca el carácter ancilar de buena parte de nuestra historiografía que, por falta de investigación propia, no vacila con alguna frecuencia en identificarse con las tesis de la historiografía de nuestros adversarios de otro tiempo en los pleitos internacionales. En nuestra obra sobre España y la Guerra de 1870 ya pudimos constatar dicha identificación con las tesis francesas en varias cuestiones no baladíes; lo que tendremos también ocasión de comprobar en esta obra, ahora en relación con las tesis norteamericanas y cubanas.

Pues bien, el sesgo nacionalista antes apuntado es, en el caso de los primeros, los historiadores norteamericanos, principalmente consecuencia de la conciencia de superioridad de su nación, en una época clave para su accesión al más alto puesto del olimpo de las grandes potencias y, en alguna medida, también de razones técnicas, metodológicas, probablemente derivadas de esa misma conciencia de superioridad; nos referimos concretamente al escasísimo uso que la historiografía norteamericana hace de las fuentes españolas. Una marginación que parece la consecuencia del profundo desprecio que sienten, en algunas obras de modo muy explícito, hacia -a lo menos- la España de la época, a la que consideran una nación primitiva y caótica que algún destacado historiador llega a emparejar directamente con las cabilas africanas, como tendremos ocasión de recordar en su momento.

El sesgo nacionalista que así mismo presenta la historiografía cubana ya no es tanto el fruto de un sentimiento de superioridad hacia España, que de todos modos es perceptible en alguna medida, como la consecuencia del explicable -sobre todo en los primeros tiempos- sentimiento de hazaña épica que, para ellos, tuvo el enfrentamiento con su antigua metrópoli mediante el cual consiguieron su autonomía y su personalidad propia en la comunidad internacional. Con independencia del claro antiamericanismo, también perceptible en esta historiografía, que probablemente es fruto no tanto de la actitud del gobierno de Washington en la época estudiada, como de los amargos recuerdos que dejaron en los cubanos del siglo XX posteriores acciones de dicho Gobierno.

Los historiadores cubanos, a diferencia de los norteamericanos, toman habitualmente en consideración las fuentes españolas, y en algunos aspectos de la compleja cuestión cubana logran dar una visión más coherente con la realidad histórica que sus vecinos del Norte. Si bien, cuando el análisis frío de los hechos conduce a una conclusión que pone públicamente en tela de juicio el acierto de los dirigentes cubanos de la época en algún tema de importancia, la presión ambiental sobre el historiador puede ser tan fuerte que éste se vea incluso obligado a rectificarla en una obra posterior, como tendremos ocasión de comprobar con un autor cubano tan relevante como Emeterio S. Santovenia.

En estas circunstancias hemos tenido constantemente presente en nuestra obra la importancia de evitar el caer en análogas visiones partidistas, nacionalistas. Contamos para ello con una pequeña ventaja inicial, la mayor perspectiva que da el paso del tiempo. Y también con otro favorable punto de partida que pocas veces se toma en consideración en las historiografías antes citadas: nos referimos a la cuidadosa y respetuosa lectura previa de las obras más importantes de todas las partes implicadas.

Desde luego no podemos pretender haber alcanzado una total imparcialidad. La experiencia nos muestra, por otra parte, que los autores que se jactan en la presentación de sus obras de ser imparciales suelen ser los más esclavos de prejuicios y partidismos. Lo que sí podemos afirmar es que en nuestra obra se hacen frecuentemente críticas severas a la clase dirigente de la sociedad española, y a la política de los gobiernos españoles de la época; entre ellas, como antes se destacó, la del hombre clave de la Restauración, Cánovas del Castillo, mientras que no conocemos ningún historiador cubano, y casi ningún norteamericano -historiador, no jurista- que haya puesto de manifiesto las equivocaciones de sus dirigentes políticos en momentos importantes del contencioso cubano. Argumento que, a nuestro juicio, no carece de peso, pues tenemos la convicción de que unos y otros, cubanos y norteamericanos, habrán de reconocer que en ningún pleito histórico de larga duración, como es el caso cubano que nos ocupa, las acciones indefendibles, los errores políticos, son siempre patrimonio de una sola parte. De todos modos en esta obra tendremos ocasión de mostrarlo, pues la rigurosa crítica a la que se somete la política cubana de los gobiernos españoles no nos impide, naturalmente, reconocer sus aciertos y/o los errores de las otras partes cuando unos y otros resultan claramente patentes.

Hemos dicho que la historiografía norteamericana ignora casi siempre las fuentes españolas en el tratamiento de la temática que nos ocupa; análogamente podemos decir que la española -nos referimos a la del siglo XX, la que debería tener una auténtica perspectiva histórica- ignora por su parte, en los escasos trabajos sobre estas cuestiones, las fuentes norteamericanas. Lo que no creemos que responda a un, más o menos subconsciente, sentimiento recíproco de minusvaloración de estas últimas fuentes, por parte de los historiadores españoles, sino tan solo a un simple desconocimiento de las mismas. Un desconocimiento que es, probablemente, consecuencia de esa 'pereza nacional', por volver a recordar a Cánovas en su dimensión de historiador, ya existente en la época objeto de nuestro estudio y que tan negativos efectos ha tenido siempre en España. Pues sin un amplio conocimiento de la historiografía extranjera -y, obviamente, también de la española- sobre el tema que se trata de estudiar, no es posible establecer con algún fundamento el estado de la cuestión; y, a su vez, sin este punto de partida difícilmente puede pretenderse que el trabajo realizado suponga un auténtico avance en el conocimiento histórico. En nuestra obra España y la Guerra de 1870 ya ofrecimos elocuentes ejemplos del invalidante efecto de no haber establecido adecuadamente este punto de partida, en los que llegaba a incluirse alguno de los más eminentes historiadores españoles del siglo XX.

También es justo reconocer que para nuestros historiadores de ayer y de hoy no era, ni es, tarea muy simple el consultar las fuentes impresas extranjeras. Sobre esta cuestión, significativamente muy poco suscitada en nuestra historiografía, deseamos hacer unas breves reflexiones finales.

El 26 de octubre de 1898, precisamente con ocasión de la primera oleada de profunda autocrítica -todavía no se ha firmado el Tratado de Paris- que en destacados intelectuales españoles había producido el desastroso final de la cuestión cubana, publicaba El Liberal de Madrid un notable artículo de Ramón y Cajal. Un artículo en el que, al exponer los remedios que él propugnaba para evitar nuevas catástrofes, destacaba la necesidad de desarrollar la enseñanza y el espíritu científico en España, y solicitaba -entre otras medidas- que las bibliotecas españolas, y concretamente la Biblioteca Nacional, ampliaran sus fondos bibliográficos y hemerográficos para que no ocurriera lo que entonces sucedía, que cuando un español deseaba conocer la bibliografía sobre un tema científico tenía que hacer un viaje al extranjero 'porque aquí no hay libros, no hay revistas'.

Pues bien, un siglo después, en los años 1990, el historiador que desea manejar las colecciones documentales y la bibliografía directamente relacionadas con el objeto de nuestro estudio, en éste o en otros volúmenes, ha de seguir desplazándose al extranjero para ello, ya que en la Biblioteca Nacional -por no hablar ahora de la indigencia bibliográfica de otros centros menores- no es posible hallar la mayoría de las publicaciones extranjeras, e incluso algunas de las españolas.

Al constatar tan lamentable situación, el autor de esta obra hizo varias gestiones ante cargos de elevado nivel de autoridad de dicha Biblioteca para llamar su atención a este respecto. Unas gestiones que, con el fin de facilitar la toma de unas primeras medidas para su resolución y, habida cuenta que era probablemente el historiador, español o extranjero, con mayor conocimiento de las fuentes impresas de la política exterior española de buena parte de la segunda mitad del siglo XIX, llegaron a incluir el ofrecimiento de una colaboración personal totalmente desinteresada. Pero tales iniciativas no han dado, infortunadamente, ningún resultado.

Ojalá los investigadores españoles de finales del próximo siglo XXI no puedan entonces suscribir estas amargas lineas que tienen ya, hoy, la estéril antigüedad de una centuria.

Madrid 1989 / Salamanca 1994


La Cuestión de Cuba

Actualizado en marzo de 1998

© Javier Rubio

javrub@arrakis.es

Otros trabajos del autor:

Emigración

La Emigración de la Guerra Civil de 1936-1939

Asilo

Asilos y Canjes durante la Guerra Civil


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